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128- El Reloj de Abigail


Una nueva era

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Islander Pescarolo un joven de 18 años hijo de un militar y un ama de casa, estudiante y amante de la naturaleza cuando podía; un sábado de Noviembre vagaba por la playa de aquel pintoresco pueblo llamado San Benito, Pescarolo no iba de buen humor, muchas cosas le habian salido mal en la semana, su motocicleta, un modelo viejo de Honda ya le había fallado con anterioridad, pero esta vez lo habia dejado demasiado lejos no solo de su casa, sino del camino que llevaba a su casa, por tratar de tomar un atajo por la playa se quedó a unos 3 kilómetros de la vía principal, arrastrandola por la arena suelta haciendo más esfuerzo del normal, sudado y con un calor de más de 30 grados, aquel atardecer crepuscular era muy bonito, tanto que calmó el enojo, paró un momento para admirar el espectaculo que los bañistas a lo lejos veian, una enorme bandada de gaviotas volaba por encima de ellos y se posaban cerca de la playa.

Cerca de una formación de pinos, vio un extraño brillo metálico, parecieria que fuera causado por alguna lata de aluminio, pero no, era un brillo muy intenso, quizá un espejo se preguntó el joven Pescarolo pero de nuevo la curiosidad pudo más que sus pocas ganas de arrastrar su motocicleta, así que desvió su camino por la playa y se dirigió a unos 200 metros al sur donde se encontraban los pinos y aquel brillo tan peculiar.

Unos minutos después no sin contratiempos, arribó al lugar pero no veía el brillo, a lo lejos sí pero de cerca no podía saber bien de donde provenía, hasta que llegó a un pequeño montículo de arena suelta, ahí después de un par de minutos, vío un pequeño objeto metálico, era el responsable del brillo, un reloj redondo de cadena, entre sus manos se notaba pesado, metálico con incrustaciones de oro y plata, bellos grabados, pero quizá la mayor sorpresa venía en su interior al abrirlo vio un fino mecanismo de relojería y dentro una foto de una muchacha no mayor de edad que él, quizá unos 17-18 años, ahí decía “Este reloj es propiedad de Abigail Alexandra Campbell” file000262815346

Islander se sintió intrigado por la foto de aquella muchacha, por la antigüedad evidente del reloj era seguro que debía investigar más, así, se encaminó con paso seguro arrastrando su motocicleta mientras la lluvia se hacía presente, una hora después arribó a su casa a descansar.

Temprano por la mañana Islander se levantó y se dirigió corriendo entre las pequelas cales de su pueblo colina abajo, hacia el muelle, San Benito era un pequeño pueblo pesquero con casas pintadas de blanco con grandes y coloridas tejas rojas traidas de España como lastre de los barcos, a un lado estaba el pequeño mercado donde los olores de especies y comidas caseras se mezclaban con los clásicos gritos de los vendedores, más abajo estaba la pequeña escuela primaria, enclavada en una pequeña colina, era domingo así que estaba vacía, por entre esos lugares pasó Islander caminando a paso veloz, aún no había reparado su motocicleta, su destino era el muelle principal, ahi en la bahía de su pueblo podía ver barcos pesqueros y lanchas de todo tamaño, grandes y rudos hombres del mar comandaban con determinacipón sus naves, su sustento, su trabajo.

Señor Roberto, señor Roberto, necesito hablar con usted, sé que es el indicado para apoyarme con esto que encontré ayer en la playa—A lo lejos un señor de unos 60 años, de larga barba blanca se encontraba sentado junto a una pequeña nevera tomando una cerveza, Germán Smith marinero, viejo lobo de mar y experto cocinero era a quien Islander se dirigiía presuroso.

De entre sus ropas sacó aquél reloj antiguo de cadena y se lo mostró a un impertubable marinero Germán quien le dijo que se llevara ese reloj de ahí, que no le pertenecía y lo devolviera de donde lo sacó, Islander le explicó que se lo había encontrado y quería devolverlo, pero no conocía a nadie con el nombre de Abigail Alexandra Campbell y quizá él si supiera.

Germán sin dejar de lado su cerveza le dijo que se sentara, que sí, él conoció a la señorita Abigaíl Campbell unos años atrás y que le iba a contrar su historia, eso sí, a cambio de un buen wishkey de la taberna de Juan el Topo, la taberna más concurrida de San Benito.

Tal como la vez en la foto, la señorita Abigaíl tenía un hermoso rostro enmarcado por una larga cabellera color castaño, de facciones finas y piel clara, ella era la hija de un famoso navegante inglés, sin embargo ella había nacido aquí, en San Benito y sus primeros años los había pasdo aquí, correteando por los mismos lugares que has caminado poara venir aquí, Islandere lo interrumpió diciendole que en su vida había sabido de alguien que fuera hija de un famoso navegante; con tono pausado, Germán le dijo que Abigaíl fue una niña discreta y vivia en una casa apartada del pueblo, aquella y señaló una colina enfrente de la bahía, ahí vivía ella,

Yo trabajé para su padre, un hombre integro y con gran afinidad por cosas científicas, para ser un navegante era muy culto y poco dado a la altanería, serví de segundo oficial de su barco Calipso durante muchos años, cuando era sobrio y no tenía que arrastrar mi pie con la cojera que tengo le dijo Germán a un azorado Islander.

La señorita Abigail solía estar en la cubierta del Calipso pescando, en una de esas me le acerqué y le dije que debería usar un tipo de sombrero que no le hiciera daño, no me hizo caso, ella había pescado algo muy especial, un pequeño cofre cerrado, lleno de algas, ella me pidió que no le dijera a su ladre del cofre y que si pudiera abrirlo por ella, ahí veias a Germán con una chica de grandes ojos color miel abrirlos con gran curiosidad, el cofre contenía accesorios, un peine de marfil, una cadena de plata y un reloj, ese reloj que tienes en las manos mi joven Islander, tan pronto lo vio supo que seria de ella, a todos lados iba con su reloj el cual funcionaba perfectamente, ella hizo que lo grabarán con su nombre.

El joven Islander interrumpió la conversación y le dijo que regresaría pronto, que sentía curiosidad de saber más de la historia de ese reloj y de su dueña.

El lunes amaneció lluvioso, tanto que se suspendieron las clases en la escuela donde iba Islander, por ese motivo tomó prestada una bicicleta y entre charcos fue sorteando las pequeñas calles hasta llegar al callejón del perico, un lugar conocido más que nada por que al lado estaba la taberna de Juan el Topo, aún con la torrencial lluvia pudo distinguir entre los parroquianos a Germán que salió presuro de ahí y con no sin grandes dificultades pudo brincar la pequelña barra que separaba la taberna de la calle, Germán tenía qué seguir contando la historia de Abigaíl a Islander, después de todo él poseía su reloj.

Mira joven seguiré con la historia de Abigail solo si me prometes que no se lo dirás a nadie, al menos no hasta que yo diga, islander asintió con la cabeza y fueron a dar al porche de una tienda de abarrotes.

Ese reloj que tienes entre manos no solo tenía el mecanismo de relojería, contiene el recuerdo del capitán…era una noche lluviosa, peor que la de ahora, era casi un tifón, las nubes eran amenazadoras, incluso para un viejo lobo de mar como yo, tenía miedo mi estimado Islader, aún así estaba en el muelle preparando al Calipso para zarpar con mucha celeridad, el padre de Abigaíl debía estar en el puerto de Buenaventura[1] en dos días para celebrar un contrato, siendo las 9 de la noche, tanto él como su hija se despidieron junto al atracadero, como recuerdo su padre tómo la foto que llevaba consigo y la puso dentro del reloj, cabía perfectamente, era la foto de Abigaíl y le dijo que lo conservara.

Islander le preguntó a Germán qué había pasado con el padre de aquella joven, a lo que él dijo que jamás regresó, la tormenta se había tragado al Calipso como si se tratara de un ave rapaz sobre su víctima.

Sabes joven Islander, después de aprovisionar al Calipso, no tuve buenos presentimientos, eso o simplemente me dio sed así que me fui a la taberna y me perdí en el alcohol, lo juro por los 6 mares que he recorrido que de haber sabido que el padre de aquella hermosa muchacha no iba a regresar, me hubiera ido con él en su fatal destino, el no merecía desaparecer y dejarla sola, porque la madre de aquella chica murió hace años.

La lluvia había dejado de cernirse sobre San benito, poco a poco las nubes dejaban asomar un tímido sol, en algo no había reparado Islander, ¿hace cuantos años fue de eso?

Eso fue hace algún tiempo, no creo que quieras saber más, conserva el reloj y no pidas preguntar más…—Pero señor Germán dígame si fue cuando usted era joven, a lo que el viejo marinero respondió lacónicamente, eso no fue algo del tiempo, eso pasó y ya.

Abigaíl, aquella señorita de larga cabellera juró jamás regresar a este pueblo perdido de la mano de Dios, pero hay esperanzas, ella perdió el reloj poco después al chocar el SS Sotavento con un risco, de ahí ya no supe más…eso fue hace cinco años Islander, no fue cuando yo era joven, no tienes recuerdos de ella ni de su padre porque a pesar de que naciste aquí, tu padre los llevó por muchos lugares hasta que hace 3 años se quedaron definitivamente aquí.

Islander habia encontrado el reloj de una joven chica que a lo mucho tenía 22 años y que había jurado jamás volver a San Benito, pero aún debía saber que el reloj que su padre le dijo que conservara, él lo había encontrado.

4 meses después, Germán con todo y su evidente cojera, corría presuroso por las calles avisando de la llegada de la fragata Santa María, ahí en la borda, venía una chica de grácil figura y gran belleza, ahí venía Abigaíl Alexandra Campbell a por su reloj y por darle una oportunidad a San Benito de volver a vivir la vida a como era antes.

Fin de la primera parte.

[1] Buenaventura es un relato del mismo escritor de Pacotilla

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